Cuando yo era joven existían dentro de la izquierda lo que se llamó 'piji-progres', jóvenes, normalmente universitarios, que militaban en la izquierda por motivos espurios. Unos realmente creían ser de izquierdas, rodeados aún de un franquismo que convertía en izquierda hasta a los movimientos católicos de base o a la derecha moderada. Otros militaban en la izquierda, también con convicción, pero llevados por la convicción de un futuro, de una forma similar a la que hoy miles de jóvenes se abrazan al futuro cripto, sin saber muy bien qué es, pero porque es lo que toca hacer. Había otra izquierda arribista, gente que sabía que el franquismo estaba acabado y se posicionaba por interés en ocupar los huecos que el franquismo dejase. Por último existía el izquierdismo lúdico, pijos aburridos que roleaban ser de izquierdas mientras se preparaban, en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, para ocupar los cargos directivos que estaban destinados a ocupar por su 'estirpe', como lo llamó Rajoy.
Con el tiempo, la mayoría de los piji-progres volvieron a su hábitat natural en la democracia cristiana o en la derecha, excepto algunos que lograron medrar en cargos políticos en partidos de izquierdas y que no revelaron su auténtica ideología hasta retirarse de la política activa (aunque siguen haciendo apariciones estelares en la prensa amarilla para vomitar gilipolleces derechosísimas).
Pues parece que el 15M y los partidos que surgieron a raíz de ese movimiento nos han regalado una segunda hornada de piji-progres que lideraron esos movimientos y ahora están volviendo a sus hábitats naturales en los espacios políticos o en actividades económicas en los que se sienten más cómodos a causa, quizá no ya de una 'estirpe' o una 'alcurnia' como a finales del siglo pasado, pero sí en virtud de una autopercibida 'meritocracia' que les hace verse superiores a aquellos que les rodean.