Regresar a la ilusoria arquitectura de este foro, tras intervalos medidos por la terca indiferencia de la banda ancha, fue una resignada sumisión al hábito de perder el tiempo.
No volví para refutar los sofismas de la metafísica ni para descifrar el nombre secreto de Dios, sino para ejercer, con severo decoro, el arte de la soberana pavada: un reclamo sobre el precio de las masitas del chino o una queja innecesaria sobre el tránsito de la tarde. Supuse que los administradores me recibirían con el rigor de sus algoritmos de baneo, pero solo hallé el silencio de siempre; comprobar el lamentable estado de mis comentarios me devolvió la reconfortante sospecha de que el universo no cambia, pero nuestra capacidad de ser insoportablemente predecibles roza, felizmente, la eternidad.
Señores, he regresado.
