Buenas tardes, miserables.
Como una suele hacer tras sobrevivir otro invierno, estuve recordando cómo llegué hasta aquí: viñetas sueltas, porque el cerebro es una esponja a esta altura y estimularlo para que exprima sus secretos insume harta energía y tedioso tiempo.
Hace treinta y siete años, en 1989, aprendía rudimentos de electrónica. Creo que el tema de la temporada era RF: debo haber intentado transmitir audio unos metros con el clásico oscilador de un transistor acoplado directamente a una antena, casi seguro sin éxito. Leonardo, estoy segura de que no entendías pero te gustaba verme haber llegado tan lejos a partir del circuito básico de la pila y la lamparita que me enseñaste entre pucho y pucho.
Hace treinta años acompañaba a quien fue el amor de mi vida en el duelo de su primer aborto espontáneo. Se desquitó al año siguiente llevando a término a su segunda hija, la primera conmigo. A tu memoria, Andrea: estarías orgullosa.
Hace veinticinco años discutía sobre una geopolítica creada por la incipiente "guerra contra el terror" con trotskyistas que alegaban entender siquiera en esquema el nuevo orden mundial. Del cual no conocían cabalmente ni la Internet revelada a la sociedad ocho años antes. Pero Héctor escuchaba, repreguntaba y cuestionaba mis certezas: un día volveremos a tomar unos mates y continuar esas charlas.
Hace diecisiete años me preparaba para la muerte. No la mía, pero casi. Al año siguiente efectivamente me morí. Ahora estoy viviendo otra vida. No hubiera llegado a ella sin tu cariño, Tirana.
Hace trece años trataba de sostener a mi suegro recién enviudado. No fue horrible. Lo enterré un año y fracción después. Lamento que no hayas podido rehacer tu vida, Alfredo.
Hace once años comenzaba mi nueva vida fuera del ropero, conociendo junto a mi pareja de entonces a una compañera presa por defenderse de su familia. Quien murió en la cárcel. Te recordamos, Marilyn.
Hace nueve años volvía mi madre a casa después de ser salvada de una muerte segura el año anterior por médicos de nuestro sistema de salud pública. Agradezco el tiempo adicional que tuve con ella: deploro haber devenido en su único sosten al punto de destruirme la salud. Tu vida valió la pena, Irma.
Hace tres años casi me mato cayéndome en un baño y fracturándome costillas: pude haber reventado vértebras y se imaginan cómo hubiera ido. Gracias por tu paciencia, Celina.
Lo que sucede hoy no es de vuestra incumbencia todavía pero qué remedio, durante la mayor parte de la historia de la humanidad nadie sabía que había dentro de una habitación cerrada. Paciencia. Al amor no se lo apura.
¿Me atreveré a cerrar este dossier autobiográfico con un pedido de dinero?
Claro que sí. Es lo que hacemos.
Estoy a punto de quedar incomunicada a causa de la incompetencia de burócratas públicos y privados en alguna combinación que no puedo ni quiero desentrañar. ¿Podrán transferirme cuatro mil seiscientos pesos al alias angelastellamatutina para que mi teléfono preste servicio por una semana más? Desde ya gracias, y les pagaré en publicaciones de prosa dudosa como ésta, indefinidamente.