Soy miope magna. Llevo gafas desde los 3 años, así que ver mal era simplemente mi normal. Hasta que un día empecé a ver mucho peor y supe que esto no era lo de siempre, que cambiar de gafas no iba a arreglarlo.
Retina tocada. Mácula tocada. Dioptrías que dan miedo. Al borde del glaucoma. Y nada de esto tiene cura.
Llegó el miedo, la ansiedad, la incertidumbre. La casi depresión. Y después, poco a poco, el asumir -si es que lo he hecho del todo- que ya no hay vuelta atrás. Que mi vida va a ser distinta. Que voy a necesitar ayuda de vez en cuando. Y que la vida no se termina aquí.
Hay días que no quiero pensar y me lleno de cosas. Otros solo quiero el sofá y el silencio. Y luego están los días en que agarro el toro por los cuernos y aprendo a usar herramientas que antes no me hacían ninguna falta.
Ser discapacitada no me hace especial. Es una mierda, sin más. Pero tampoco me hace inferior, y no necesariamente me hace dependiente. La pelea más dura es la de mi cabeza contra mí misma, más que cualquier otra cosa.
La semana que viene vuelta a moverme administrativamente, vuelta a las revisiones. De regreso a la lucha contra el sistema y contra mis propios miedos.