¡Buenos días!
Una señora de EE. UU., con carrera universitaria, una empresa millonaria y, por supuesto, cursos sobre cómo ser una buena mujer, femenina, sumisa y obediente, sale diciendo que las mujeres no deberíamos tener derecho al voto. Un cura le ríe la gracia y la caverna mediática corre a darles pábulo.
¿A qué me sonará a mí este discurso?
Como mujer que se mueve en espacios todavía dominados por hombres -solo hace falta mirar cuántas mujeres administramos comunidades en el Fediverso-, podéis meteros vuestros sermones sobre feminidad, obediencia y sumisión por el culo.
Y esto también va para todas esas mujeres que no se limitan a elegir para sí mismas una vida tradicional, sino que atacan gratuitamente a cualquier otra mujer que no encaje en su molde: a la que no es femenina como ellas esperan, a la que no es sumisa, a la que no aguanta en silencio, a la que responde, ocupa espacio o no cabe en sus idearios casi eclesiásticos.
No te codees demasiado con hombres. No respondas con firmeza, que entonces «acosas» o «intimidas». Maquíllate, mantente siempre guapa y elegante, pero cuidado con mostrarte demasiado erótica. Sé visible, pero no demasiado. Ten carácter, pero solo mientras no incomode.
Pues ya tenéis aquí a quienes os representan: mujeres con poder y dinero defendiendo que las demás deberíamos renunciar a nuestros derechos.
La señora que inició todo esto no es una «pick me». Es la consecuencia política de ese modelo de mujer que algunas llevan años presentando como el único aceptable.
A ver si empezamos a usar un poco más el cerebro y a analizar los discursos que alimentamos. Porque un día el bando contrario escucha estas cosas, comprueba que le hemos hecho parte del trabajo y se viene arriba.