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Hace exactamente 11 años, también un sábado, una trabajadora del Hospital Italiano me entregaba un paquetito para el cual me sobraban brazos con los cuales sostenerlo. El tipito gritó indignado durante el proceso de revisión, medición, peso y limpieza, hasta que, después de envolverlo en mantas abrigadas y de entregármelo para que lo sostenga antes de ir con su mamá, se quedó tranquilo, adormilado por el esfuerzo.

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Y cada aniversario de ese feliz día uno mezcla el orgullo de que él sea como hoy es y la añoranza de esos tiempos y de cada una de esas etapas del proceso que lo trajo hasta ahora, que es un niño grande que, por suerte, aún conserva intacta su demostración afectiva y esa felicidad contagiosa de vivir.