Ese verano de las noches en las que hacía calor, sí, pero un calor humano, soportable, casi una parte del paisaje. De cenar en una terraza sin sentir que estás sentado dentro de un horno. De ver atardeceres naranjas sin preguntarte si detrás de esa belleza hay también una atmósfera que hemos convertido en una manta térmica alrededor del planeta.
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