Es fundamental y urgente acabar con el edadismo (aquí pienso específicamente en el que ejercen adultos y mayores contra adolescentes y jóvenes) en los espacios de lucha, porque el edadismo es uno de los principales mecanismos de reproducción del statu quo.

El edadismo es el que permite que una mujer descargue sus traumas y ansiedades causadas por el sistema patriarcal (muchas veces infligidos por su marido u otras figuras masculinas cercanas) contra sus hijos. Los hijos no se solidarizan con la madre ni la perciben como víctima, sino como verdugo, así que no se ponen de su parte, no identifican al verdadero enemigo (quizá, su padre) y, o reproducen esa violencia, o priorizan huir del hogar, aunque eso los introduzca en nuevas formas de precariedad y violencia.

El edadismo es el que hace que los adolescentes y jóvenes perciban a los “boomers“ jubilados no como potenciales camaradas de clase, sino como enemigos y competidores. Han pasado demasiado tiempo escuchando de los adultos que ellos son unos vagos, frágiles y privilegiados, han sido ninguneados demasiadas veces como para que les nazca una simpatía espontánea. (Por supuesto, la maquinaria de propaganda capitalista también está haciendo lo suyo, pero se apoya en el edadismo para lograrlo).

El edadismo es el que rompe la continuidad de los espacios de lucha: los miembros y líderes envejecen y, llegado cierto punto, no hay relevo generacional que sostenga el espacio como antes. No puedes pedir a los jóvenes y nuevos integrantes que simplemente se adapten al espacio, sino que el espacio tiene que estar vivo y dejarse transformar por ellos.

El edadismo aliena, segrega y segmenta, además de ser sencillamente injusto y autoritario y es la fuente de innumerables abusos contra la infancia y la adolescencia, también en entornos supuestamente progresistas o de izquierdas.