Es que a partir de ahí todo es, barbaridad tras barbaridad, una distopía marketiniana. En la cima la idea de «marca personal»: precarización, cosificación y vaciamiento total de la persona que se convierte en un anuncio a tiempo completo de sí mismo... sólo que no queda ya nada -no puede quedar cuando vives en un escaparate- de «sí mismo». Puro Black Mirror existencial.