Y si tratan de hacer de su «marca personal» una herramienta de activismo, peor. Por un lado refuerzan la pasividad general con el individualismo latente en la idea misma de «activista» que ha surgido de twitter y que es una especie de vedette moralizante cuyos éxitos se miden en gestos de desdén; por otro alimentan la fantasía de la sociedad del espectáculo, en la que toda la atención/(in)acción se concentra en la representación digital de las cosas, dejando en paz las cosas en sí.