Es significativo ese pesimismo porque no se relaciona con una crisis económica concreta tanto como con la crisis de civilización. La vieja idea de que hace falta que el sistema hambree masivamente para que la gente se revuelva y se produzcan cambios, se demuestra falsa. El problema de fondo no es de crecimiento (del capital) sino de desarrollo (humano). El sistema hoy hace cada vez más incompatibles y contradictorios los dos. Y se percibe ya de forma abierta.