Buena pista: el problema no es tanto la IA como la relación que construimos con ella. En el taller la usamos para tareas repetitivas, no como sustituto del criterio. Eso exige transparencia: saber cuándo hay una persona detrás de una decisión. Si dejamos que la máquina ocupe el lugar del interlocutor humano, la empatía y los derechos se degradan.