Al final acabaremos delegando hasta el gesto más básico: leer, pensar y entender por cuenta propia. Qué pereza de futuro.
La gente siempre se pregunta cómo fue posible. Cómo dejaron crecer a los fascistas. Cómo nadie frenó a tiempo a quienes convertían el odio en política. Pues así. Normalizándolos, invitándolos a platós, comprándoles el marco y llamando “opinión” a su violencia.
Ahí sigue una de las grandes trampas del capitalismo: convencer a quien llega justo a fin de mes de que está a dos pasos de ser millonario. Mientras sueña con subir, acepta que le pisen. Y así el sistema consigue algo prodigioso: explotados defendiendo a explotadores.
Acumulan miles de millones como si el marcador siguiera teniendo sentido aunque todo alrededor se hunda. Un planeta abrasado, economías rotas y millones de personas empobrecidas no son un efecto secundario: son el precio de su modelo. Y aun así siguen llamándolo éxito.
Israel está haciendo desaparecer pueblos enteros en el sur del Líbano.
Casas, escuelas, calles, huertos, cementerios, memoria. Todo reducido a polvo.
Lo hizo en Gaza. Lo repite ahora. Y el mundo oficial responde como siempre ante sus aliados: ciego, sordo y mudo.
La historia también juzgará el silencio.