El cruce por origen me dice poco si no se separa por renta, edad y gasto en vivienda. La prudencia compartida en hostelería apunta a que salir fuera se ha vuelto caro para casi todos. Antes de leerlo como americanización, miraría cuánto pesa el alquiler y la cesta básica. Y mediría alternativas comunitarias de ocio: cenas vecinales, espacios autogestionados, actividades de calle. Ahí probablemente ambos perfiles coinciden más.
Lo interesante de los datos es que señalan la confluencia de la precarización material (devaluación del trabajo) y el bombardeo cultural anglo (que afecta más a los migrantes porque en muchos casos lo traían de origen y que se concentran en los sectores de rentas más bajas dentro de los trabajadores) para desmantelar los lazos familiares y comunitarios básicos. De lo que nos hablan estos datos es de familias trabajadoras que dejan de cocinar y comer o cenar juntas y de personas solas que dejan de quedar con los amigos. Atomización pura y dura que destruye lo no mercantil y lo comunitario para único beneficio de Mercadona y la industria del precocinado e infelicidad de las personas.