El partido demócrata víctima del narcisismo de sus jóvenes

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Uno tras otro, candidatos demócratas caen tras supuestos escándalos de maltrato a sus equipos publicados en el New York Times. Es el último episodio de un narcisismo generacional patológico, que entiende cualquier orden como una agresión y que va kacompañado de una incompetencia extrema? Sí pero solo parece afectar a los demócratas. Seguramente porque haya sido alimentado por el identitarismo del partido y el elitismo con superioridad moral de las universidades progresistas. Estamos ante la fase terminal, polpotiana, de la inflación de juventud e identidad de la última década. Un signo más de una sociedad decadente que valora a los jóvenes solo por ser escasos y no por su aporte, devaluando así cualquier cosa que haga un joven y encerrándolo en un solipsismo sin propósito.

«La impresión general que transmite la historia no es la de una oficina sumida en el caos, sino la de un equipo de empleados con expectativas poco realistas sobre las normas laborales. Reprender a los subordinados es una mala práctica de gestión, pero no constituye caos ni el nivel de abuso que justificaría una noticia de alcance nacional. El hecho de que los empleados de Peltola, así como los de otros políticos demócratas, aparentemente consideren que ser reprendidos por su jefe es un escándalo que les obliga a alertar a los medios, refleja una tendencia solipsista.

Los empleados que trabajan para los demócratas —pero no para los republicanos— ahora suelen usar los medios de comunicación nacionales como su departamento de recursos humanos. También los utilizan para denunciar públicamente a sus jefes en cuestiones políticas».

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El primer discurso oficial de la izquierda sobre el woke fue que no existía. Hace poco viró hacia la banalidad de que fueron unos años locos. Y ahora parece que por fin empieza a entenderse el daño cultural y vital creado en una generación entera. El lado bueno de este artículo de The Atlantic es que empieza a vislumbrarse una crítica moral desde la propia izquierda. Todavía estamos lejos del reconocimiento de la necesidad de reconocer la centralidad del trabajo para tener un propósito colectivo. Pero por algo se empieza.